Carlos March: un texto sobre Videla lo hizo encontrar la risa en la oscuridad , la nostalgia por Vivitos y Coleando y su amor a primera vista con Norman Briski

En un mano a mano con El Destape, el reconocido actor Carlos March repasa su trayectoria y ahonda en su nuevo desafío artístico: un grotesco teatral enfocado en el dictador Jorge Rafael Videla, uno de los personajes más siniestros de la historia argentina.

14 de abril, 2026 | 20.16

Se cumplieron 50 años del golpe de 1976 y en la cartelera de La Carpintería, en el barrio del Abasto, puede verse Vidé/La muerte móvil, exitosa obra de Vicente Muleiro que explora la figura del dictador Jorge Rafael Videla, uno de los personajes más siniestros de la historia reciente de Argentina. El espectáculo está protagonizado por Carlos Vignola y el reconocido Carlos March, quien lleva un recorrido de una década con este espectáculo al que se incorporó en 2015 (bajo la dirección de Norman Briski en el Teatro Calibán).

“Vicente Muleiro fue un visionario: escribió la obra antes de la muerte de Videla y le puso ese título con juego de palabras, Vidé/La muerte móvil, anticipándose a su patético final. Nadie se imaginaba que Videla iba a terminar muriendo sentado en el inodoro”, exhibe Carlos March, con franca sorpresa, en una entrevista íntima con El Destape.

A 50 años del golpe del ‘76 parece que la sociedad argentina aprendió poco sobre tener memoria. ¿La obra viene a dar esa lucha?

- Sí y te digo que pensamos en los riesgos, pero es teatro de resistencia, no es una obra que habla del pasado sino que es acerca de lo que estamos viviendo. En el texto no hay ningún guiño particular con Milei, si vos querés sacás tu conclusión pero nosotros tenemos una postura clara y buscamos esa lectura entrelíneas.

¿Cómo te preparaste para habitar la oscuridad del texto?

- Es una obra difícil, un material con un peso histórico espantoso para meterse de lleno pero muy rico para abordar desde el grotesco. Y acá vuelvo a Chaplin: cuando mi papá me llevó al cine a ver una de sus películas yo tenía 6 años y me pasó algo indescriptible por el cuerpo en el momento que entendí que ese hombre encontraba el humor en las situaciones más trágicas. Tiempos modernos y El gran dictador son muy buenos ejemplos para citar. Siempre me atrajo lograr ese balance de matices como actor.

Vidé/La muerte móvil, con Carlos Vignola y Carlos March.

¿En la técnica de clown pudiste encontrar ese balance?

- Sí.

¿Cualquier actor puede hacer clown?

- Habría que definir primero qué es un actor. Para mí la categoría “actor dramático” no existe, dramáticos somos todos. Por eso se le llama dramaturgo al que escribe teatro.

Pero existe una grieta entre quien es payaso y quien hace llorar. ¿A vos te pusieron alguna vez en ese lugar?

- Siempre.

En ese sentido, el éxito de Vivitos y coleando debe haber marcado un rumbo…

- Pero la luché mucho para salir de ese lugar de encasillamiento. Cuando estudiaba en el Conservatorio Nacional estaba mal visto por los actores ser payaso. El actor era sinónimo de seriedad… pero yo no entraba en ese modelo, porque siempre estaba metido en situaciones de improvisación y juego. Era un niño. Y lo sigo siendo; sino no podría dedicarme a actuar.

¿Cómo se conocieron con Hugo Midón?

- Jugando al fútbol. La historia empezó en la década del ‘80 luego de que fui a ver la obra La vuelta manzana, de Midón. Salí del teatro convencido de que quería hacer eso en algún momento de mi carrera, pero recién años más tarde pude conocer a Hugo, cuando me invitaron a un partido de fútbol de actores, en River. Fui un miércoles al mediodía, entré al club y al ver quiénes eran mis compañeros no pude salir de mi incredulidad: Ulises Dumont, Aldo Barbero, Hugo Arana, Cacho Espíndola, Adrián Ghio. Eran actores que veía por primera vez en carne viva y yo iba a compartir una experiencia futbolera con ellos. El tema es que empecé a ir todos los miércoles a jugar al fútbol con ese grupo y en uno de esos encuentros apareció Hugo Midón. Al poco tiempo me convocó a un espectáculo que estaban por estrenar con Carlos Gianni.

Y a partir de ahí no pararon de trabajar juntos.

- Fueron años espectaculares, le agradezco mucho a Hugo por haber sido tan generoso. Lo que pasó con Vivitos y coleando nos superó a todos, era un fenómeno y recién lo dimensioné cuando hicimos la primera obra de teatro.

El programa era buenísimo. Nunca más se vio un formato similar en la televisión argentina.

- La producción de ese programa era tremenda, hacíamos todo nosotros. No era ni siquiera comparable con Los Muppets, porque la tecnología y la técnica que utilizamos la inventamos nosotros (se ríe).

Hugo se levantaba todos los días a las 6 de la mañana, compraba los tres diarios más importantes de la época -Clarín, La Nación y Página 12-, leía y escribía hasta las 9.30 que se encontraba con nosotros para grabar las canciones, tres por programa. Después grabábamos los programas, ensayando a tres cámaras… días enteros de filmación.

¿Creés que un regreso de Vivitos y coleando podría funcionar en la televisión actual?

- No lo sé, sería muy difícil que eso ocurra. Creo que lo que hizo especial a Vivitos y coleando fue que se juntaron un montón de cosas que es difícil que se junten. Fue una maravilla que hoy no se encuentra en ningún lado.

"Conocer a Norman fue un antes y un después en mi vida"

¿Por Norman Briski decidiste ser actor?

- No, fue por Charles Chaplin. Y después vino Norman. Si lo pienso, ambos van de la mano…

¿Por qué?

- La primera vez que vi a Norman fue en un programa de televisión, mientras estaba almorzando con mis viejos. Lo que apareció en la pantalla, entre teatral y cinematográfico, me remitió a las películas de Chaplin. Una situación en la que se apagan las luces del estudio y se asoma una cara que yo veía por primera vez: Norman Briski. Él empezó como mimo, tenía una cara de goma. De esa escena recuerdo que no había texto, solo expresaba cuestiones con su cuerpo. Como en las películas de Chaplin.

Tiempo después se conocieron… 

- A Norman lo seguí durante mucho tiempo. En el advenimiento de la democracia, cuando asumió Alfonsín, me lo crucé un día que iba caminando por la Avenida Santa Fe, pero no me animé a acercarme. Me pasó algo tan fuerte a nivel físico, no pude hacerlo.

Muchos años después intenté que me dirigiera: averigüé dónde daba clases y fui con mis papeles hasta su encuentro. Cuando lo vi, lo paré y le dije: “Me gustaría que me dirijas”. Después le entregué un texto que había escrito. Norman me miró serio y me pidió que volviese la semana que viene a su estudio para una devolución.

La cara "de goma" de Norman Briski.

¿Qué te dijo en esa esperada reunión?

- (Se ríe) Que no me iba a dirigir porque no tenía tiempo, pero que le siguiera para adelante. Imaginate mi decepción… Yo estaba muy esperanzado.

Pasó mucho tiempo hasta que nos volvimos a encontrar y en esa nueva oportunidad yo trabajaba con Hugo Midón en Vivitos y coleando, en 1989. Hacíamos el programa de televisión en ATC -Roberto Catarineu, Andrea Tenuta y yo, con un elenco de actores y bailarines- y un día nos avisó Hugo que íbamos a grabar con un invitado, pero no dijo nada más. Imaginá mi sorpresa cuando vi que el hombre que apareció en el estudio -caracterizado con antiparras de soldador- era nada más y nada menos que Norman Briski. Ni Hugo ni ninguno de mis compañeros sabía la historia que me unía a él. A partir de ese momento pasé de únicamente admirarlo a ser su amigo.

Vidé/La muerte móvil puede verse los sábados de abril a las 20 horas en La Carpintería (Jean Jaures 858, CABA). Entradas en venta por Alternativa Teatral y en boletería del teatro.