María Alejandra Sanz apartó la mirada al escuchar que los rescatistas habían sacado el cuerpo sin vida de uno de sus mejores amigos de entre los escombros de un edificio arrasado por los dos terremotos que azotaron el estado de LaGuaira, en el norte de Venezuela, el mes pasado.
La estudiante de preparatoria permaneció en la penumbra durante 17 horas tras los sismos del 24 de junio, atrapada bajo el edificio derrumbado en la ciudad costera de La Guaira, bebiendo su propia orina para sobrevivir mientras daba por muertos a los demás miembros de su grupo de baile.
De los diez amigos que preparaban una coreografía para su graduación de bachillerato, cuatro no sobrevivieron.
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"Estoy bien", dijo Sanz, de 17 años, durante una entrevista frente a su antigua casa, nueve días después del desastre, en un clima caribeño aún cargado de polvo y dolor.
Ese mismo día los rescatistas habían sacado el cuerpo de su amigo Gonzalo Márquez de entre los escombros.
Luego surgieron una serie de preguntas sin respuesta: ¿Habrían sobrevivido sus amigos si los rescatistas hubieran llegado antes? ¿Habrían sido las cosas diferentes si el grupo de baile hubiera ensayado en otro edificio? ¿Qué habría pasado si ella hubiera estado con Márquez abajo en lugar de ir a buscarle agua a su apartamento? ¿Por qué ella puede ir a la universidad mientras él descansa en paz?
Criada en medio del colapso económico, la migración masiva y un régimen autoritario, Sanz y sus amigos comenzaron el año creyendo que el derrocamiento del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos podría, por fin, ofrecerles un futuro diferente.
Entonces llegaron los terremotos que causaron la muerte de más de 4.000 personas y dejaron a más de 16.000 heridas.
SALVADOS POR LA SED DE UN AMIGO
El grupo de Sanz estuvo ensayando siete días a la semana durante el mes previo a los terremotos, a veces hasta las 3 de la madrugada. Esa noche, en el salón de fiestas de la planta baja de su edificio habían estado perfeccionando los pasos de baile de "Dangerous", una canción de 1991 del icono del pop estadounidense Michael Jackson.
La graduación era en tres días.
Unos 20 minutos antes de que comenzaran los terremotos Márquez le pidió agua a Sanz.
Ella subió al apartamento del tercer piso que compartía con sus padres, acarició a su perra Bruna por última vez y estaba a punto de alcanzar el agua cuando el edificio comenzó a temblar a las 6:04 de la tarde. Se acercó al marco de la puerta más cercana y, segundos después, quedó envuelta en la oscuridad al ceder los pisos inferiores.
El marco de la puerta cayó sobre su torso en diagonal, protegiéndola de un muro que se derrumbó. Sanz vio un destello de luz entre sus dedos y supo que no estaba enterrada demasiado profundo. Logró liberar sus pies quitándose las zapatillas deportivas demasiado grandes que le habían dado para la presentación de baile.
Dice que sabía que su propia orina podría ser su única oportunidad de beber, así que recogió lo que pudo con la mano y se lo llevó a la boca. La luz pronto se desvaneció y ella rezó. "Si me tengo que morir, que me agarre dormida", recuerda haber pensado en aquel momento.
Sanz despertó con la luz cayendo de nuevo sobre su mano y comenzó a arrastrarse hacia ella, encajando lentamente su cuerpo entre trozos de hormigón y abriendo un agujero en la pared que tenía encima.
Cuando logró salir con la mitad del cuerpo libre, gritó a un vecino pidiendo ayuda. El padre de Sanz, de 71 años, que se encontraba afuera con su esposa en el momento de los terremotos, corrió hacia arriba por la pila de escombros. La adolescente se aferró a él, aturdida. Cuando llegó junto a su madre, Sanz se enteró de que cinco de sus diez amigos habían salido ilesos.
"¿Y Gonzalo? ¿Isa?", preguntó Sanz.
No hubo noticias sobre Márquez, pero rescatistas voluntarios pudieron ver que estaba consciente Isa Campos, a quien Sanz conocía de toda la vida, debajo de los escombros. Estaba viva, dijeron.
En ese momento era verdad.
"ESA PODRÍA SER MI HIJA"
Jeffry Campos, el padre de la niña atrapada en el lugar, había llegado en las dos horas posteriores al desastre y pasó toda la noche sumergiéndose en la masa de hormigón y acero junto al padre de otra bailarina. A las 11 de la mañana una unidad policial de Caracas se unió al esfuerzo de rescate, usando sólo sus propias manos.
El equipo que necesitaban para sacar a Isa Campos atrapada entre dos vigas nunca llegó. Conocida por su inteligencia y electrizante energía, la chica murió unas 24 horas después de los terremotos. Su cuerpo permanece entre los escombros.
"La ayuda llegó tarde", dijo su padre afuera de una iglesia donde se celebró una misa en honor de su hija. "¿Y no llegó ni Defensa Civil ni bomberos, eh? ¿Rescatistas cómo llegaron a los dos, tres días que pasó, que llegaron eh? No llegaron".
Después de ver un video de TikTok de los bailarines atrapados la noche de los terremotos, el ingeniero civil Andrés Ganscka partió de su casa en el centro de Colombia con gatos hidráulicos y eléctricos, herramientas de mano, pañales y crema para bebés.
"Lo vi y pensé: 'esa podría ser mi hija'", dijo Ganscka, padre de tres hijos.
Llegó la noche siguiente al lugar del desastre sembrado de cuerpos y extremidades. Coordinó a los rescatistas voluntarios en el edificio de la familia Sanz, buscando entre los escombros a los desaparecidos bailarines y otros 15 niños que habían estado jugando al tenis de mesa adentro.
Ganscka gastó 35.000 dólares en el rescate. Las autoridades venezolanas llegaron tres días después que él.
UN FUTURO IMAGINADO
Sanz y Márquez tenían cupo en universidades de Caracas; él planeaba estudiar ingeniería y ella se centraba en arquitectura. Hablaban de quedarse en Venezuela para construir un país mejor.
Como otros venezolanos de su edad, habían visto a sus padres luchar contra una crisis económica de más de una década, convulsiones políticas y brotes de violencia, mientras amigos y familiares emigraban al extranjero.
Pero la captura del presidente Nicolás Maduro por las fuerzas estadounidenses durante una redada en enero pareció ofrecer esperanza.
Cuando a Márquez le asignaron el pupitre contiguo al de ella durante su primer año de estudios, Sanz dice que no le llamó mucho la atención. Pero ya para el último año eran amigos inseparables. Aunque no era abiertamente gracioso al principio de su relación, más tarde la molestaba constantemente con sus malos chistes.
Eran el Sr. y la Sra. Claus en la función navideña de la escuela. Cuando no bailaban practicaban piano.
"A menudo era el único chico, no le importaba lo que pensaran los demás, tenía mucha personalidad y era el protector del grupo", dijo Sanz.
El chat grupal, antes muy activo, donde coordinaban los disfraces, la escenografía y los ensayos, ahora está prácticamente inactivo. Sanz dice que los demás supervivientes oscilan entre la insensibilidad y el dolor, un momento bien y al siguiente lloran.
"Estábamos hablando de que no nos íbamos a ver más después de la graduación. Estábamos hablando de Gonzalo cómo se parecería a su papá, que cuando iba a ser viejo iba a tener canas", dijo Sanz. "Se mantendrán jóvenes para siempre, siempre jóvenes".
Con información de Reuters
