El comunicado oficial del Juzgado Federal Nro 3 de Córdoba fue escueto, sólo se anunciaba la identificación de doce personas secuestradas y desaparecidas por la última dictadura cívico militar y ningún nombre. La noticia, como cada vez que se anuncia la identificación de un desaparecido, de una desaparecida, tiene ecos en decenas de miles de familias que llevan hasta 50 años -los mismo que se van a cumplir este 24 de marzo desde que se produjo el último golpe de Estado- buscando saber cuál fue el destino de esos seres queridos a los que se les quitó todo: la vida y también la muerte.
Las identificaciones responden a una presentación de veintiocho familiares de desaparecidos y desaparecidas en La Perla, el Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio más grande de la provincia de Córdoba por donde pasaron más de 5 mil personas. Los nombres asociados a los restos hallados en noviembre pasado podrían ser de cualquiera de esas personas, por eso el Equipo Argentino de Antropología Forense está solicitando a las familias que dejaron muestras de sangre para la identificación de restos de desaparecidxs en La Perla actualicen sus datos de contacto. “Si fuera mi papá -cuenta Alba Camargo, una de las querellantes- lo viviría como una victoria. Porque se los arrancamos a los genocidas que continúan con su pacto de silencio. Sería una reparación. Y si no fuera, también”, agrega para dimensionar la lucha colectiva que sigue insistiendo: “Qué digan dónde están” es una demanda del movimiento de Derechos Humanos que no deja de actualizarse.
Silvana Turner es antropóloga forense e integrante histórica del EAAF, ella explica que el trabajo en el lugar lleva más de veinte años y que los hallazgos recientes son consistentes con una hipótesis sostenida por sobrevivientes: que en 1979 los militares realizaron una “limpieza” de las fosas para ocultar evidencias antes de la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Los fragmentos óseos recuperados, ahora en análisis genético, podrían permitir nuevas identificaciones.
—Es bastante emocionante lo que está pasando en La Perla después de tantos años de excavaciones.
—Sí, claro. Para todos fue una gran noticia, sobre todo en este contexto. Además son muchos años de trabajo en el lugar, así que cuando aparecen resultados como estos es realmente muy importante.
—¿Cómo fue que recién ahora pudieron avanzar con estas excavaciones?
—En realidad no es que esto haya empezado ahora. Es un trabajo que el EAAF inició hace unos veinte años. En 2003 o 2004 dos compañeros del equipo, Darío Olmo y Anaí Ginarte, comenzaron a trabajar en Córdoba y se radicaron allí. Primero se investigó una fosa común grande en el cementerio de San Vicente, donde se identificaron alrededor de 14 personas. Después, como había denuncias sobre La Perla, se empezó a trabajar también en ese predio.
Lo que pasa es que el lugar es enorme: todo el predio tiene unas 14.000 hectáreas. Entonces las búsquedas llevan mucho tiempo y requieren muchos estudios previos.
—O sea que nunca se dejó de trabajar allí.
—Exacto. Nunca dejamos de trabajar en La Perla. Lo que ocurre es que hubo que ir sumando herramientas para poder acotar las áreas de búsqueda. Eso implica mucho trabajo de gabinete: análisis de testimonios, documentos y también herramientas técnicas.
En los últimos años, por ejemplo, trabajamos con un geólogo de la Universidad de Río Cuarto, analizamos imágenes satelitales y sumamos métodos de geofísica para detectar posibles alteraciones del terreno.
—¿Qué tipo de herramientas utilizan para esa interpretación?
—Como en cualquier investigación, trabajamos con distintas fuentes. Por un lado están los testimonios de sobrevivientes. Después hay documentación administrativa vinculada al predio, información judicial y también material periodístico de la época.
A eso se suman herramientas tecnológicas: imágenes satelitales históricas, análisis geofísicos, comparaciones entre fotografías tomadas en distintos momentos. Lo que buscamos son alteraciones en el terreno que puedan indicar enterramientos clandestinos.
El problema es que en lugares como ese hay mucha actividad humana. Los militares hacían trincheras, pozos, explosiones, movimientos de tierra. Todo eso deja marcas en el suelo que no son naturales, pero tampoco necesariamente corresponden a enterramientos. Hay que distinguir entre esas alteraciones.
—¿Las zonas donde excavaron coinciden con testimonios?
—En algunos casos sí. Hay testimonios de sobrevivientes que escuchaban camiones salir y volver después de cierto tiempo. A partir de esos datos se reconstruyen posibles trayectos dentro del predio.
En La Perla hay distintos sectores que fueron señalados como áreas de interés. Uno se llama el Triángulo, otro el Durazno y otro la Loma del Torito. En esa última zona fue donde se produjeron los hallazgos recientes.
—¿Qué encontraron exactamente?
—Los hallazgos son consistentes con la hipótesis de una “limpieza” realizada por los militares hacia 1979, cuando se esperaba la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
La hipótesis es que removieron mecánicamente las fosas y trasladaron los cuerpos a otro lugar para ocultar evidencias. Lo que encontramos ahora son restos muy fragmentados, desarticulados, mezclados entre sí. Es decir, no es una fosa con cuerpos completos, como uno podría imaginar, sino pequeños fragmentos que quedaron después de esa remoción.
—¿Se encontraron también objetos?
—Sí, pero muchos de esos detalles todavía están sujetos a lo que el juzgado federal autorice a comunicar públicamente. Nosotros trabajamos bajo la órbita del Juzgado Federal Nº3 de Córdoba y hay cierta información que aún no se puede difundir.
Lo que sí se puede decir es que se encontraron restos fragmentarios en un contexto de relleno alterado, lo que confirma esa idea de remoción de las fosas.
—¿En qué etapa está ahora el trabajo?
—Primero hicimos la etapa de campo, que duró unos dos meses y medio. Recuperamos material que luego pasó al análisis antropológico: allí se describe, se cuantifica y se evalúa qué tipo de restos son.
De ese conjunto se seleccionan muestras para análisis genéticos. Esas muestras se están estudiando en el laboratorio genético del EAAF en Córdoba.
En paralelo entregamos los informes periciales al juzgado. Es probable que en breve haya anuncios sobre las primeras identificaciones.
—¿Las excavaciones ya terminaron?
—No. Lo que excavamos hasta ahora forma parte de un área de unas seis hectáreas dentro de un perímetro mayor. Ya cubrimos aproximadamente cuatro hectáreas y este año, a partir de abril, vamos a continuar con el trabajo de campo.
—¿Qué te pasa a vos cuando aparecen estos resultados después de tantos años de búsqueda?
—Es una emoción enorme. Córdoba siempre fue una especie de asignatura pendiente para el equipo. Se viene trabajando allí hace más de veinte años y es una provincia donde el impacto de la represión fue muy fuerte.
Entonces cuando aparece un hallazgo después de tanto tiempo de búsqueda, y también de frustraciones, es muy movilizador. Además porque sabemos que los familiares están esperando noticias.
—¿Los familiares pudieron visitar el sitio?
—Sí, hubo visitas organizadas. No es un lugar de acceso libre porque está dentro del predio del Tercer Cuerpo de Ejército. Pero se organizaron recorridos para familiares, para la prensa y también participaron distintas instituciones que colaboran con la logística de la excavación.
—Desde tu experiencia, ¿qué significa políticamente ese intento de borrar los cuerpos?
—La desaparición de los cuerpos es parte central del dispositivo represivo. Implica la intención de ocultar incluso la evidencia física del crimen.
En este caso, además, impresiona la escala de la operación. Estamos hablando de enterramientos clandestinos en superficies muy grandes y de una operación logística compleja para removerlos. Eso muestra hasta qué punto existía el interés de que no quedara ninguna evidencia.
Pero nosotros sabemos que siempre algo queda. Por eso seguimos buscando incluso cuando sabemos que hubo remociones. Y por eso, tarde o temprano, aparecen restos.
—¿Qué pensás cuando se discute el número de desaparecidos?
—Nosotros preferimos no entrar en esa discusión. No es una discusión válida. Muchas veces se utiliza para deslegitimar las búsquedas o relativizar lo ocurrido.
El punto central no es ese número sino el sistema de desaparición y encubrimiento que existió.
—¿Hace cuánto trabajás en el EAAF?
—Desde 1988. Me sumé cuando estaba estudiando y el equipo recién empezaba a trabajar en el cementerio de Avellaneda. Después trabajé muchos años en proyectos en otros países y ahora estoy abocada principalmente al trabajo en Argentina, en particular a La Perla.
