Del "homeschooling" al "shutdown": el peligroso ensayo de Milei para desmantelar la identidad argentina

El Gobierno profundiza una batalla cultural que busca demoler el sentido común nacional y reemplazar la idiosincrasia argentina con ideas importadas.

11 de julio, 2026 | 19.00

En la misma semana que se celebra en Argentina el Día de la Independencia, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió festejar los 250 años de la independencia de Estados Unidos con un espectáculo de drones en el cielo del Planetario, una puesta en escena que incluyó los típicos bailes y género musicales que vemos en las películas de Hollywood, y una oferta gastronómica típica norteamericana con cookies, chicken tenders, mac and cheese, pizza y papas fritas. 

En paralelo a ello, las noticias sobre las próximas reformas impulsadas por Javier Milei alimentan la conversación social a partir del uso de palabras importadas y en inglés como homeschooling, en materia educativa, y el Shutdown del Estado, es decir un apagón de la administración pública y un virtual cierre del gobierno en caso que el presupuesto se acabara. En los últimos años ya hemos atravesado otras intervenciones de este estilo que implican la adaptación local de políticas exógenas: la reivindicación del emprendedorismo como modelo social; la admiración explícita y los acuerdos comerciales para beneficiar a sectores tecnológicos de Silicon Valley; la oleada desregulatoria impulsado por el ministro Federico Sturzenegger para restringir la intervención del Estado en el sector privado y fomentar la libertad de mercado; o la flexibilización de la tenencia de armas que apunta hacia un sistema de doctrina estadounidense de defensa propia; entre muchas otras.

Miradas por separado, pueden parecer decisiones, medidas, o gestos inconexos propios de un presidente y un gobierno que mantienen una alianza estratégica y un fuerte alineamiento de subordinación política con Estados Unidos. Sin embargo juntos revelan la profundización de un proyecto político que ha tomado como modelo el sistema político estadounidense para su propia agenda de reformas mientras se encarga de trabajar sostenidamente en la modificación de los imaginarios desde los cuales pensamos nociones como el Estado, las instituciones, la ciudadanía, la Nación, los derechos y la libertad.

Las instituciones de un país son el producto de procesos históricos, y son la respuesta social, política y administrativa a conflictos propios. El shutdown, por ejemplo, existe porque Estados Unidos tiene un sistema constitucional y presupuestario muy diferente del argentino. El modelo de homeschooling, por otro lado, en Norteamérica creció en una sociedad donde la relación entre el Estado, las familias y la educación responde a una dinámica completamente distinta a la de un país como Argentina que hizo de la escuela pública una herramienta de integración e inclusión social. Las instituciones, su rol en la matriz social, su legitimidad, y su persistencia en el tiempo tiene que ver con la cultura política que las acompaña, los valores que defienden y una determinada forma de comprender la vida en común. Por eso no se puede pensar que las instituciones pueden trasplantarse o copiarse como si fueran aplicaciones que funcionan para cualquier tipo de dispositivo.

Pierre Bourdieu sostenía que una de las formas más eficaces del poder consiste en imponer las categorías con las que una sociedad interpreta el mundo y se piensa a sí misma. Desde esa perspectiva podemos entender cuál es hoy la disputa más profunda que emprende el proyecto libertario: dejamos de centrarnos en fortalecer la escuela pública para debatir el homeschooling y los vouchers; ya no nos preguntarnos cómo fortalecer el Estado como institución clave de democratización, y pasamos a discutir el método del shutdown porque no hay plata; abandonamos la bandera de los derechos sociales para hablar casi exclusivamente de libertad individual; dejamos de hablar de inclusión social y educación sexual para denunciar adoctrinamiento; ya no pensamos en términos de derechos laborales conquistados sino en la necesidad de emprender y ser tu propio jefe. Las palabras y categorías elegidas son la muestra más tangible de cómo se puede cambiar el marco desde el cual pensamos los problemas y las soluciones.

Antonio Gramsci denomina hegemonía a ese proceso de dirección cultural y moral por el cual una determinada visión del mundo deja de pensarse como una ideología más entre otras y pasa a convertirse en sentido común. Justamente porque las transformaciones más duraderas, y las más difíciles de confrontar, son las que ocurren, no a través de leyes, sino con la instalación de nuevas subjetividades y maneras de mirar la realidad material. La batalla cultural consiste precisamente en eso: generar las condiciones para que una sociedad deje de percibir a ciertas ideas, imaginarios y políticas como ajenos o lejanos, y empiece a incorporarlas como naturales, propias, y a veces inevitables.

Algo parecido ocurre cuando analizamos a las naciones. Al respecto, Benedict Anderson en su obra fundamental “Comunidades Imaginadas” las define como una construcción social. Según el autor, las naciones existen porque millones de personas comparten un mismo relato sobre quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde quieren ir, más allá de las diferencias culturales. Ese relato se construye y fortalece en las escuelas, clubes de barrio, territorios, instituciones, fechas patrias, familias, costumbres, y valores compartidos. Por eso no podemos soslayar que, en la misma semana del 9 de Julio, haya ganado centralidad el imaginario político estadounidense y la imagen de un águila roja y azul en el cielo de Buenos Aires.

Las historias y culturas de los países se relacionan y conversan. El problema no es entonces admirar a otra nación o incluso destacar algunas de sus características. Sin embargo, hay una diferencia importante entre aprender de ella, referenciarse en la historia compartida, y convertirla en el horizonte o modelo desde el cual empezamos a pensarnos y medir nuestros logros. A mediados del siglo XIX, durante su exilio en Chile, Domingo Faustino Sarmiento viajó a Estados Unidos y Europa para estudiar sus sistemas educativos, pero a su vuelta no buscó convertir a la Argentina en una copia. Dichas experiencias le permitieron pensar, escribir y diseñar uno de sus escritos fundamentales, Educación Popular, donde desplegó sus convicciones sobre la educación como el gran igualador de las condiciones del ser humano, como "volante de la maquinaria social" y tarea prioritaria para la construcción de la nación Argentina. Su objetivo fue adaptar algunas experiencias a un proyecto nacional propio. Ese punto es fundamental y da cuenta de la seriedad de su proyecto político: una cosa es traducir instituciones para responder a problemas argentinos, y otra muy distinta es empezar a responder a los problemas locales con categorías e instituciones importadas de otras sociedades.

Toda importación tiene un costo que, a veces, no puede medirse en términos numéricos, pero sí representa una pérdida en materia de soberanía e identidad. La obsesión de Milei por la cultura norteamericana y su fanatismo por Donald Trump desdibujan la investidura presidencial y el rol de las propias instituciones. No llama la atención que sea el primer presidente argentino que, en poco más de dos años de gestión, viajo más de diez veces a EEUU y cinco veces a Israel, pero jamás visitó 10 de las 24 provincias argentinas. Importar ideas, políticas, leyes o símbolos también implica dejar de mirar la propia historia, despreciar una tradición política, educativa y cultural construida durante siglos, con todas sus contradicciones, conflictos, matices y conquistas, porque la Argentina no es una hoja en blanco sobre la que pueden trasplantarse modelos concebidos en una sociedad completamente distinta.

Hablamos de un país con historia, atravesado por desigualdades, migraciones, identidades regionales, pueblos originarios, culturas propias, por una fuerte tradición de escuela pública, Estado presente, universidad pública de calidad, organización sindical, movilización social y ampliación de derechos. Esa complejidad no puede verse como un obstáculo a corregir para implantar un modelo preformateado en otras latitudes, sino partir de ella para poder pensar cualquier proyecto político que pueda anclarse en el territorio y sostenerse en el futuro.

Pareciera que la estrategia es finalmente la que hace unos meses, en un gesto de sincericidio, desplegó Demian Reidel, entonces jefe del Consejo de Asesores Económicos en el Latam Forum, cuando expresó ante empresarios, petroleros y fondos de inversión que el país tenía ventajas geográficas, climáticas y de recursos inigualables en zonas sin conflictos armados ni catástrofes naturales, pero el problema era que estaba "poblado por argentinos".