Está por cumplir 78 años, montó nuevamente en su primer gran éxito y en abril estrenará una secuela del clásico que lo posicionó como uno de los artistas más importantes del musical argentino. Pepe Cibriàn Campoy no se detiene: el actor, director, productor, hijo de los destacados José Cibrián y Ana María Campoy, hombre de escenarios y garantía de espectacularidad y extravagancia, está transitando una nueva temporada como director de Aquí no podemos hacerlo, su icónica comedia musical estrenada en los '70 que ofrece una crítica aguda a la industria teatral desde adentro.
En medio de la etapa final de Drácula: La Resurrección, la secuela del musical que lo llevó a la gloria y que podrá disfrutarse en el Circo Rodas a partir de abril, Pepe Cibrián dialogó con El Destape en un mano a mano en el que profundiza su mirada sobre el país, la historia de su primer "gran musical argentino" y su nueva vida en matrimonio.
En pocas palabras, podría decirse que Aquí no podemos hacerlo es un musical sobre los vaivenes de hacer teatro independiente en Argentina…
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- Independiente y dependiente, porque lo que yo criticaba y critico, ya que sigue siendo una problemática actual, es que todos los que se dedican al musical en Buenos Aires, por lo general, siempre lo hacen en teatros alternativos. El teatro musical siempre ha venido al país, pero con obras de afuera. Cuando yo era joven mis padres hicieron Mi bella dama, Kiss me, Kate, La novicia rebelde, por citar algunos musicales, pero ninguno era nacional.
A los talentosos autores, músicos, actores, bailarines y coreógrafos argentinos se les sigue sin dar el espacio que merecen y por eso pasan al alternativo. Muy rara vez pasa que llegan muy buenos musicales al teatro comercial.
A vos te fue muy bien.
- No siempre. En mis comienzos en el año ‘69 yo tenía una fantasía sobre el musical por la que peleé, pero considero que fui afortunado porque tuve el privilegio de golpear la puerta de Tito y Ernestina Lectoure, que fue un mandato de Dios que marcó para siempre mi carrera. Al día de hoy no sé muy bien por qué lo llamé a Tito: sencillamente fue un delirio, porque ni era empresario de teatro, ni yo le quería pedir el Luna Park para un espectáculo. Lo llamé porque buscaba un teatrito con capacidad para 200 personas, ya que teníamos que remontar un fracaso económico que habíamos hecho con mi madre.
Yo tenía una idea que me había quedado de un viaje a Europa para ver A Chorus Line, un musical que es emblemático en Estados Unidos y que me tenía enamorado. Me lo imaginaba de 20.000 maneras y cuando fui a Londres y lo ví, pensé que podía llevar algo de esa historia a Buenos Aires, con nuestras problemáticas y nuestros conflictos. Ya sabía que iban a decir que mi propuesta se parecía a A Chorus Line, pero yo lo asumí con mucho orgullo y de hecho lo digo en la obra. Está basado en, aunque yo usé esa estética y propuesta ideológica para crear una obra nueva, que fue: Aquí no podemos hacerlo.
Conseguiste un teatro, elenco y montaste el espectáculo. ¿Qué pasó en el estreno?
- De vuelta en Buenos Aires convoqué a Luis María Serra, uno de los grandes músicos que ha habido en la Argentina y que lamentablemente no está más; a una jovencita Sandra Mihanovich, que nunca había trabajado en teatro; a Graciela García Caffi, a Ana María Cores -que había sido mi mujer-, a Graciela Pal, Dalma Milebo, Edgardo Moreira, Ricky Pashkus y otros artistas. El estreno fue en 1978 y fue algo apoteósico: me acuerdo que estaban Enrique (Pinti), Antonio (Gasalla) y muchas otras figuras que deliraban y aplaudían de pie. Esa noche fue todo maravilloso. Y al día siguiente… no fue nadie.
El musical había sido producido por mis padres y como no venía nadie, me dijeron que más de un mes no podían sostener una obra sin público. Cuando ya habíamos decidido levantarla, y a 4 días de terminar con las funciones, vino un periodista del diario La Opinión, de Jacobo Timerman, y publicó una crítica en doble página, con un encabezado que decía: “El primer gran musical argentino". Y era mi obra. A partir de ahí se llenó en todas las temporadas que hicimos.
Esa crítica te salvó…
- Estuve en una profunda tristeza hasta ese momento. Pero a pesar del sufrimiento yo siempre seguí insistiendo, todavía más en mis comienzos cuando hacía teatro en sótanos con pis de gato. Me acuerdo que, una vez, el gran empresario Carlos Petit, que era dueño del teatro El Nacional y lo llamaban “El Zar” de la Calle Corrientes porque hacía las revistas más espectaculares, me vio que estaba mal porque no iba nadie a ver mis obras y no paraba de fracasar y me dijo: “Pepe, vos nunca fracasaste, porque para fracasar primero hay que tener éxito”. Y es verdad.
Hoy vivimos en una cultura donde se pasa al éxito como si no hubiese posibilidad de fracaso. Entonces tenés programas como Gran Hermano, que a mí no me interesan pero que los ve la gente, que promueven eso y encima ganan el Martín Fierro de Oro… y ni siquiera ofrecen un divertimento cultural. Es triste y siento que la cultura -teniendo en cuenta quienes la están llevando adelante- está un poquito pachucha.
Me interesa que profundices en tu idea sobre las nuevas generaciones y la no preparación para el fracaso.
- Es terrible porque cuando a esos les llega el fracaso, no saben cómo transitarlo. Pasa mucho con los influencers que tienen muchos seguidores y que por eso creen que pueden actuar. Encima hay búsquedas específicas donde piden actrices “con más de 50.000 seguidores”… es una idiotez. No desvalorizo a quienes lo hacen, pero sí en función del teatro. Son chicos que no tienen experiencia y piensan que pueden trepanar al arte y alcanzar el éxito rápido. Hay tanta gente con trayectoria y oficio para ocupar esos lugares, que es lamentable ver lo que pasa en parte de la industria.
Vos trabajás con jóvenes en tus espectáculos y fuiste docente. ¿Tuviste algún actor o actriz con esas ambiciones sobre la fama?
- Hacer eso conmigo es un pelotazo en contra. Yo ensayo 38 horas, elijo a la gente con mucho respeto durante dos meses… Ese tipo de gente no va a mis audiciones y cuando aparece alguno, me doy cuenta enseguida y no llegan lejos. Por lo general son los que llegan tarde y no saben lo que tienen que hacer; y eso me saca de mí, no lo puedo entender.
¿Qué opinión tenés de la gestión del presidente Javier Milei en materia cultural?
- Primero, pienso que la cultura es como el Irizar y los gobiernos son como los hielos. El Irizar va rompiendo hielo, sigue adelante, y eso no se lo quita nadie. Y luego, en relación al INCAA o el Instituto Nacional del Teatro, no dudo que hubiera mucha corrupción, pero no estoy de acuerdo con que los destruyan. Se puede sacar lo que no sirve y hacer eficientes los institutos, pero en cambio se elige el camino del desprestigio hacia la actividad.
El cine argentino, por ejemplo, que nos ha representado en los Oscar tantas veces en nuestro país es llevado a un punto de degradación muy triste cuando se habla de “películas que no ve nadie”. Siguiendo esa misma lógica Van Gogh tendría que haberse suicidado porque no le compraron un cuadro en su vida y ahora valen 200 millones de dólares. Con esto quiero decir que todas las propuestas y justificativos crueles que tienen desde el Gobierno son refutables. Además, hay cosas que se llenan y son espantosas… No voy a dar nombres pero es algo que ha pasado siempre.
Lo que le pasa a Milei y a los gobiernos es que no se dan cuenta que pasarán. Yo no soy mileísta, ni kirchnerista, soy un hombre político y apoyo cuando hay luchas que nos benefician a todos, como cuando en democracia di el discurso tan recordado por la Ley de Matrimonio Igualitario, pero hay mucha gente que debería hablar y no puede.
Los jubilados.
- Es paradójico. Yo soy jubilado, hoy no tengo problemas económicos, pero ¿cuántos van a las manifestaciones de los miércoles en el Congreso?, ¿1000? Bueno, ¿y cuántos millones de jubilados hay?, ¿4?, ¿5 millones? Yo pienso que si un día fuesen solo un millón de jubilados a esa marcha, quizás las cosas serían diferentes. En cambio, cada vez van menos para reclamar sus derechos lógicos.
Yo no digo que haya que hacer la revolución, pero creo que hay que defender los derechos. Recuerdo cuando salí a la calle y “sacamos” a De la Rúa, pero fue todo el pueblo.
¿Estuviste en la calle el día marchando por la renuncia de De la Rúa?
- Sí, estábamos en un piso muy lindo que tuve en Avenida Libertador con un elenco de Aquí no podemos hacerlo y cuando vimos y escuchamos que empezaban a pasar cosas, bajamos todos a la Avenida y paramos el tránsito. Al principio éramos pocos, pero de golpe empezaron a aparecer más y más personas. No éramos héroes, éramos argentinos defendiendo una idea.
Con Milei sucede algo parecido. Yo no estoy diciendo que haya que sacar al presidente, pero sí creo que tenemos que tener un sentido de la evolución.
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Siempre me dieron curiosidad tus joyas, collares y anillos. ¿Son un gusto adquirido?
- Mi mamá era muy gitana, le encantaba llenarse de cosas, pero a mí me gusta como a quien disfruta hacerse tatuajes o cortarse el pelo de una manera particular. La verdad es que siento que mis apariciones cargado de anillos y collares son una suerte de disfraz de Pepe y me lo pongo cuando hago notas, porque sé que a la gente le divierte. Pero ahora no tengo tantas ganas de cargarme de abalorios porque no estoy viviendo una situación personal festiva.
¿Querés hablar de eso?
- He tenido ciertos avatares que no han sido nada gentiles y que me siguen llenando la cabeza de cosas…
¿Cómo terminó tu disputa con el canal de stream OLGA?
- Nunca me importó que se burlaran de mí, pero sí me pareció brutal que se rieran, como dicen ellos, de “la petera”. Me parece de una crueldad social-humana terrible que se rían de una chica que tuvo que ejercer eso para poder comer. Estos chicos, el hijo de Suar y otros que no conocía ni conozco, jamás me pidieron disculpas.
¿Fueron a juicio?
- Sí y gané en instancias, pero después opté por no seguir adelante porque ya me había dado el gusto de decir lo que tenía para decir y ser reconocido por eso.
El streaming me parece un medio maravilloso como lo es el átomo. El átomo me salvó de dos cánceres, pero también destruyó Hiroshima. Depende de cómo lo uses. El streaming es maravilloso si está bien usado, pero en lo que hay ahora no hay límite y se dicen unas aberraciones de un dolor…
Por lo menos fuiste reconocido y después de ese mal trago volviste a enamorarte. ¿Te volviste a casar?
- Hace ya dos años que estoy casado con Ezequiel, a quien conocí por Tinder. A mí me encanta Tinder, porque como no voy a reuniones, ni lugares, me sirve para conocer gente.
¿Qué fue lo primero que te gustó de Ezequiel?
- Que era muy guapo. Estuvimos hablando todos los días hasta las tres de la mañana durante dos meses hasta que un día lo invité a Rosario y ahí tuvimos un encuentro muy agradable. A las dos semanas lo invité a mi casa en Pilar y ese mismo día le pregunté si quería irse conmigo a Europa durante un mes. Eso fue una prueba de fuego, un delirio, pero lo hicimos y como vimos que teníamos una bella relación, nos casamos a los tres meses.
¿No creés que fue un poco apresurado?
- No, y lo volvería a hacer. Por lo legal, es algo importantísimo eso. Si yo me muero, lo económico de mi vida pasa a ser suyo y no de un sobrino que nadie conoce y viene a pisar la casa para reclamar su parte. Creo que el casarse, para homosexuales y heterosexuales, es una necesidad legal porque hoy en día te divorcias en cinco días.
Siempre has sido enamoradizo.
- Pero se me va enseguida si veo que del otro lado no es mutuo, o me dura. Con Santiago (Zenobi) estuvimos 18 años juntos y con Ezequiel llevamos dos. No sé cuánto tiempo más tengo, no creo llegar a 18 años… Voy a cumplir 78. Eso es algo que pienso mucho y por eso disfruto lo más que puedo.
Tu esposo te acercó nuevamente a Georgina Barbarossa, estaban muy peleados ustedes.
- Fueron tres años de no hablarnos y la verdad es que fue todo un malentendido. A Georgina la amo, es una hermana de mi vida y hablamos todos los días. Decidir volver a tener una relación con ella fue también entender que el tiempo pasa y nos vamos. Y cuando ya tenés cierta edad es un tema que se vuelve serio.
¿Te preocupa la muerte?
- Sí, porque no voy a poder ver crecer a los actores que me gustan o a las plantas que he comprado. Me preocupo mucho por mis plantas y por la jungla que me rodea en mi parque. Regar mis plantas es como meditar, ensayar es como meditar, involucrarme en cosas que me hacen olvidarme el mundo me hace bien.
- Aquí no podemos hacerlo puede verse los sábados de marzo y abril a las 20 horas en el Teatro Regina (Avenida Santa Fe 1235, CABA).
