La economía argentina cerró 2025 con un rebote de 4,4 por ciento en el Producto Interno Bruto. Sin embargo, el comportamiento del mercado laboral mostró una dinámica inversa. En el mismo período de 12 meses, el empleo asalariado se redujo en 124.000 puestos y la desocupación y la informalidad se dispararon en los últimos dos años. El fenómeno no es nuevo en la historia económica, pero sí marca un quiebre respecto de ciclos recientes: el crecimiento ya no tracciona empleo. Un informe del área de Estudios Económicos del Banco Provincia da cuenta de que la "combinación de apertura económica, expansión de importaciones de bienes de consumo y un tipo de cambio real apreciado genera una economía dual”. En ese esquema, conviven sectores dinámicos, con alta productividad y bajo uso de mano de obra, con otros que pierden terreno y empleo.
Los datos agregados confirman la convivencia de estas "dos Argentinas". Mientras el nivel de actividad se ubicó 3 por ciento por encima de 2023, la tasa de desempleo del cuarto trimestre de 2025 quedó 1,3 puntos porcentuales por encima de la de ese año. La brecha entre producción y empleo se amplía, y el patrón de crecimiento empieza a mostrar un sesgo. El informe lo plantea en términos de estructura: “Sectores intensivos en capital que crecen y otros intensivos en empleo que caen”.
La construcción, la industria y el comercio retrocedieron entre 4 por ciento y 14 por ciento respecto de 2023, mientras que el agro, las finanzas y los hidrocarburos avanzaron entre 15 y 40 por ciento en los últimos dos años. La apertura comercial y la apreciación del tipo de cambio aparecen como variables centrales en esa transformación. La reducción de costos de importación —por menores aranceles y un dólar relativamente barato en términos reales— modifica los incentivos: importar resulta más conveniente que producir localmente en varios rubros. El resultado es un desplazamiento progresivo de la producción nacional.
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El fenómeno se observa con claridad en la composición de las importaciones, donde crecen con fuerza los bienes de consumo final —electrónica, indumentaria, vehículos— mientras que los insumos productivos quedan rezagados. No se trata de una apertura orientada a ampliar la capacidad productiva, sino de una sustitución de producción doméstica por bienes importados. La consecuencia directa es el deterioro de los sectores más intensivos en trabajo.
En paralelo, los sectores que lideran el crecimiento —como la intermediación financiera o la explotación de recursos naturales— tienen menor capacidad de absorción de empleo y mayores requerimientos de calificación. En los últimos doce meses, el mercado laboral reflejó ese cambio. “Se destruyeron 7.500 empleos asalariados privados y 2.500 públicos promedio mensual. En contraste, se incorporaron 7.800 monotributistas”, señala el documento. El saldo es negativo: “Se perdieron 2.200 puestos de trabajo por mes, a la vez que la precarización se aceleró”.
La dinámica también impacta en la calidad del empleo, donde un crecimiento desproporcionado de los monotributistas —muchas veces asociado a formas de contratación más flexibles— convive con la caída del empleo formal. La fragmentación del mercado laboral se profundiza. El deterioro se vuelve más visible en los segmentos jóvenes. Entre el cuarto trimestre de 2024 y el de 2025, el desempleo creció 3,7 puntos entre varones de 14 a 29 años y 3 puntos entre mujeres del mismo rango etario. En adultos, el aumento fue menor. La inserción laboral se vuelve más difícil en la entrada al mercado.
Por su parte, la proporción de personas que buscan trabajo hace más de un año pasó de 27,6 a 30,9 por ciento. El informe advierte sobre un fenómeno conocido en la literatura económica: la histéresis. “La salida prolongada del mercado laboral deteriora las posibilidades de reingreso”, señala. La pérdida de habilidades y el cambio en los perfiles demandados generan un descalce persistente.
El ejemplo chileno
El estudio recurre a la experiencia internacional, en particular al caso de Chile durante la segunda mitad de los años setenta. Allí, la apertura comercial fue más agresiva: los aranceles bajaron de 94 a 10 por ciento y el tipo de cambio se apreció significativamente. El resultado fue un abaratamiento de las importaciones superior al 80 por ciento en menos de una década.
El impacto sobre la estructura productiva fue inmediato. La industria perdió participación en el PBI —del 26 por ciento en 1970 al 20 por ciento en 1981— y su valor agregado per cápita cayó 18,5 por ciento entre 1970 y 1983. Al mismo tiempo, crecieron los sectores vinculados a la intermediación, con tasas superiores al 15 por ciento anual. El empleo acompañó esa transformación. “La ocupación industrial cayó cerca de 30 por ciento entre 1974 y 1982”, indica el informe. La desocupación promedió 17,6 por ciento en ese período y superó el 30 por ciento en 1983 si se incluyen programas de empleo transitorio.
Aun con tasas de crecimiento elevadas —entre 6 y 7 por ciento anual durante buena parte de los años ochenta— el desempleo no logró perforar el piso del 10 por ciento durante más de una década. “El incremento del PBI, por sí solo, no alcanza: no solo es importante el cuánto, también lo es el cómo”, sintetiza el documento. La comparación no es lineal, pero permite identificar tendencias. En Argentina, la apertura es más moderada, pero la apreciación cambiaria opera en la misma dirección. El riesgo no es una crisis abrupta, sino un proceso gradual: crecimiento con bajo impacto en el empleo, aumento de la informalidad y mayor segmentación.
A ese cuadro se suma un factor adicional: el cambio tecnológico. La automatización y el uso de inteligencia artificial reducen la demanda de trabajo en tareas rutinarias, especialmente en puestos de entrada. La presión sobre el empleo se duplica: por la competencia externa y por la sustitución tecnológica. En ese contexto, las estrategias basadas en enclaves exportadores —como el desarrollo de Vaca Muerta o los incentivos a grandes inversiones— aparecen como necesarias para generar divisas, pero insuficientes para sostener el empleo. El informe lo plantea directamente: “Son condición necesaria, pero no suficiente”.
La experiencia chilena también ofrece una salida posible. A partir de los años noventa, una serie de “reformas a las reformas” —mejoras en la regulación laboral, aumento del salario mínimo, políticas de capacitación y fortalecimiento del gasto social— permitió recomponer el empleo y reducir la informalidad. El crecimiento, en ese caso, se volvió más inclusivo. El interrogante es si la economía argentina transita hacia un esquema similar o si logra evitar esa trayectoria. Por ahora, los indicadores muestran una tendencia clara: más actividad no implica necesariamente más trabajo, según concluye el documento.
