La tasa de inflación de marzo fue de 3,4%. Es difícil no tentarse a realizar la asociación con el porcentaje que identifica a Karina, la hermana poderosa de Javier Milei. Dejando a un lado este ineludible vínculo político y un caso de corrupción libertaria, es necesario avanzar en el análisis de este ciclo inflacionario.
Si el salario sube por debajo de la inflación, si el tipo de cambio oficial lleva meses prácticamente estable, si el superávit fiscal se mantiene pese a las presiones sobre las cuentas públicas con caída de la recaudación impositiva en términos reales durante ocho meses consecutivos, y si la recesión del mercado interno frena la demanda que podría presionar sobre los precios, ¿por qué la inflación no baja?, ¿por qué en marzo de 2026 trepó a 3,4%, el nivel más alto en un año, más que duplicando el 1,5% de mayo pasado? y ¿por qué acumula diez meses de alzas consecutivas?
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La respuesta del gobierno de Milei es conocida, repetida hasta el hartazgo: es un fenómeno monetario que se explica por la caída en la demanda de pesos. Lo dijo el propio ministro de Economía, Luis Caputo, en la reunión de AmCham este martes, horas antes de la difusión del IPC desactualizado-INDEC. Este diagnóstico no conecta con lo que está pasando. Las anclas antiinflacionarias del programa de Milei-Caputo castiga la demanda y empobrecen a los trabajadores, pero no funcionaron para frenar los aumentos de precios.
La pregunta, entonces, ya no es si se tiene que profundizar el ajuste fiscal y monetario regresivo para bajar la inflación, sino por qué, pese a este ajuste, los precios siguen subiendo. Aquí empieza a derrumbarse la explicación de Milei. La inflación de esta etapa política tiene otra naturaleza: es la de una economía que se reordena de manera regresiva, corrige precios relativos afectando el presupuesto de la mayoría de la población y preserva márgenes empresariales aun en un escenario recesivo.
El fuego que las anclas no apagan
El dato de marzo es ilustrativo. Los precios regulados volvieron a empujar el índice general, con subas en tarifas, transporte y prepagas. Educación trepó con fuerza (12,1%) por el inicio del ciclo lectivo, cuando las escuelas privadas suben las cuotas anticipando la inflación proyectada. El rubro Transporte (4,1%) avanzó impulsado por los combustibles. En cambio, la inflación núcleo mostró una dinámica apenas contenida (3,2%).
La conclusión es evidente: el problema no está en un desborde de la demanda, sino en una estructura de precios donde regulados, costos e inercia siguen empujando hacia arriba.
Para ordenar el análisis, conviene precisar algunos conceptos. La inflación de demanda ocurre cuando hay una mejora sustancial del ingreso de la población y la producción de bienes y servicios no puede acompañar ese ritmo de crecimiento. La inflación de costos se produce cuando los insumos de la producción —combustibles, servicios públicos, entre otros— suben y las empresas trasladan esos aumentos al consumidor. La inflación inercial es la memoria inflacionaria que se refleja en los contratos, los precios y las expectativas sociales.
En la Argentina de Milei conviven las tres, pero la demanda no es la que está traccionando los precios al alza. Sin embargo, las anclas del programa apuntan casi exclusivamente a disciplinarla.
El ancla salarial deprime el consumo. El ancla cambiaria contiene parcialmente la traslación del dólar a los precios. El ancla fiscal elimina el financiamiento monetario del déficit. Pero ninguna interviene sobre las tarifas de electricidad, gas, transporte y prepagas, entre otras. Tampoco sobre el poder de mercado de las grandes empresas ni sobre la inercia en la remarcación. Aquí irrumpe una de las contradicciones del experimento liberal-libertario: proclama combatir la inflación con rigor monetario y fiscal y, al mismo tiempo, se convierte en uno de sus principales promotores.
Tarifazos, la nafta para el incendio inflacionario
El proceso de subas de tarifas que inició Milei en diciembre de 2023 se convirtió en una vía de aumento permanente de costos. Esto se denomina inflación administrada, que no nace del exceso de demanda, sino de decisiones de política pública sobre sectores regulados.
El boleto de transporte aumentó en los últimos meses muy por encima del índice general. Los combustibles registraron subas de casi 30% en lo que va del año, impulsadas por la guerra en Medio Oriente. Las prepagas de salud, desreguladas por decreto en los primeros meses del Gobierno, vienen ajustando por encima del promedio de precios. El ancla fiscal no impide ninguno de estos ajustes; por el contrario, en muchos casos los requiere para reducir subsidios.
En sectores clave, como alimentos y bebidas, medicamentos, combustibles, telecomunicaciones y servicios bancarios, los aumentos de precios se justifican por el alza de costos y por la especulación ante una eventual devaluación, debido al consenso del mercado y del mundo empresarial acerca del atraso cambiario. Esas compañías fijan sus precios mirando sus costos y sus expectativas futuras, en especial la del dólar, no en base a los agregados monetarios del Banco Central.
La apertura comercial y la desregulación de mercados que impulsó Milei, lejos de generar la competencia que baja precios, como promete la teoría, permitieron mantener los márgenes y, en algunos casos, bajar costos laborales al reconvertirse en importadores con menos personal.
La inercia no se detiene
La inflación inercial es la que genera más resistencia entre quienes provienen de la tradición monetarista, porque no tiene origen en ningún desequilibrio macroeconómico presente. Es el ajuste en base al pasado. La economía argentina tiene décadas de alta inflación incorporadas en contratos y en el comportamiento social. Cuando una empresa, un colegio privado, un propietario de inmueble o un profesional fija precios o el valor de las cuotas, no analiza la base monetaria o las cuentas fiscales; estima cuánto va a subir la inflación el próximo mes y remarca. Si todos actúan de ese modo, la expectativa termina convirtiéndose en realidad.
Una de las variables que interviene con más fuerza en este comportamiento es la expectativa de devaluación y, en concreto, el régimen cambiario de ajuste del dólar. El crawling peg —ajuste mensual que ahora está vinculado a la inflación pasada de dos meses— funciona como una señal de coordinación que alimenta la inercia. Les indica a empresas y otros agentes económicos cuál puede ser el piso de aumento de los próximos meses. Si el techo de la banda cambiaria sube en línea con la inflación pasada, muchos estiman que la inflación futura no será menor a ese porcentaje y remarcan en consecuencia.
El pensamiento económico convencional enseña que la recesión baja la inflación porque deprime la demanda. En teoría, si las personas tienen menos dinero para gastar, las empresas no suben precios para no perder ventas. Pero en mercados concentrados ocurre otra cosa. Las empresas pueden enfrentar una caída de volumen defendiendo su rentabilidad y, para eso, remarcan más, no menos, para compensar las unidades que dejan de vender. El resultado es lo que está pasando en la economía de Milei: menos actividad, más desempleo y más inflación al mismo tiempo. Es lo que se conoce como estanflación.
El ancla salarial —los ingresos reales de los trabajadores destruidos— agrava el panorama. Al reducir el poder adquisitivo, desciende la demanda. Pero las empresas no bajan precios por la caída de la demanda; producen menos y mantienen o suben precios.
La inflación en esta etapa, entonces, no se explica por una economía recalentada, sino por una combinación de costos, tarifas administradas, poder de mercado e inercia. Por eso las anclas del programa económico de Milei resultan insuficientes. Son eficaces para comprimir ingresos, enfriar la actividad y disciplinar el consumo, pero no para desarmar los mecanismos que hoy empujan los precios.
Esa es la falla central del plan libertario. Combate la inflación como si fuera exclusivamente monetaria, cuando en realidad está atravesada por la estructura productiva, la concentración económica, los ajustes de precios relativos que impulsa el propio Estado y la memoria inflacionaria de una economía acostumbrada a que los precios suban. Por eso la inflación no baja. Y por eso, cuando se agota el efecto inicial de la licuación de salarios y jubilaciones sobre los precios, vuelve a aparecer la fragilidad del relato oficial.
