Sobre el costado de la legendaria Ruta 40, en la provincia de San Juan, un cartel oxidado y agrietado dice simplemente "Matagusanos". No hay explicaciones ni datos adicionales. Detrás de ese cartel, rodeada de polvo y tierra arcillosa, sin un rastro de vegetación, se levanta una casa de adobe con remiendos y maderas. Esa casa es todo el pueblo.
Allí viven Francisca Díaz, de 91 años, y su hermano Florencio, de 80. Llegaron en 1991 y nunca se fueron. Son los únicos habitantes. El paraje, que alguna vez tuvo una estación de tren y algunas viviendas, quedó reducido a este punto perdido en el mapa después de que dos terremotos devastaran la zona: uno en 1944 (7,5 grados Richter, 15.000 muertos) y otro en 1977. Los pocos que quedaban huyeron. Solo los hermanos Díaz resistieron.
"Ni los gusanos aguantan"
El nombre no es casual. Florencio lo explica con una frase seca: "Es sencillo, porque no crece nada, no hay vida, la tierra es seca y arcillosa, las semillas se mueren solas y ni los gusanos aguantan". El clima es extremo: más de 40 grados en verano, 10 bajo cero en invierno. La amplitud térmica estacional desafía cualquier intento de la naturaleza por prosperar.
Una vez por semana, desde Villa Ibañez, les acercan 5.000 litros de agua. "A veces nos quedamos secos y tenemos que esperar a que llueva", cuenta Florencio. No tienen red eléctrica; dos paneles solares les dan energía para tres focos. La heladera no existe. La comida escasea. "Hay días que no tenemos qué comer", reconoce.
La ruta como única ventana al mundo
La Ruta 40 pasa frente a su casa. Cientos de autos circulan por día. "Voy a la ruta y me entretengo contando autos", dice Florencio. A veces paran turistas extranjeros. "No les entiendo el idioma, sacan fotos, nos abrazamos y se van".
Para cobrar sus jubilaciones mínimas, deben viajar una vez por mes. Francisca tiene un celular de primera generación y para conseguir señal tiene que subirse al techo de la casa. Desde allí, con paciencia, logra que aparezca una barra en la pantalla. Luego llama a un remis. El viaje de ida y vuelta les cuesta 4.000 pesos. Ese día compran carne y hacen un asado. El resto del mes improvisan.
"La ciudad me trató mal"
Florencio nunca fue a Buenos Aires. "Jamás tuve interés", afirma. Su hermana sí viajó, pero la experiencia no le gustó. "La ciudad me trató mal y volví al campo, todos tienen las puertas de las casas cerradas", dice. Florencio lo sintetiza con asombro: "No me imagino vivir en un lugar donde tenga que tener la puerta de mi casa cerrada".
No tienen televisor propio (es prestado) y casi no lo usan porque consume batería. La radio a pilas es su única compañía. Se preguntan por las noticias del país y del mundo, pero la política no les interesa. "Nosotros ya no votamos, estamos fuera del sistema", dice Florencio.
El enemigo cotidiano
Las víboras son una presencia constante. "Tienen que luchar con ellas, es una contienda diaria", cuenta. A pesar de todo, Florencio todavía monta a caballo. "Los caballos son mejores que los autos, podés andar por todas partes y no necesitan combustible", afirma. Él les habla, y los animales le responden. "Ellos entienden lo que les digo".
En Matagusanos, el tiempo parece haberse detenido. "El tiempo se ha olvidado de nosotros, y ya no envejecemos más", dice Florencio. Y aunque a veces lo asalta la nostalgia por Valle Fértil, su tierra natal, sabe que allí ya no lo espera nadie. Él y Francisca se tienen el uno al otro. Y eso, por ahora, es suficiente.
